España no termina en la Plaza Castilla

2008, 11 marzo

A veces se tiene la sensación de que el tiempo gira como loco, las manecillas del reloj parecen cobrar vida propia y emprenden su propio camino a considerable velocidad.

La noche del pasado domingo fue antesdeayer, parece que ha pasado un siglo, pero sólo han trasncurrido 48 míseras horas en las que ha dado tiempo a casi todo. Obviamente, el PSOE ganó las elecciones generales, no por goleada, pero introdujo más veces el esférico en la portería contraria que los rivales acertaron a introducir el balón en la meta de Zapatero. El marasmo de los datos, la velocidad a la que las informaciones se suceden, hacen que perdamos la perspectiva de las cosas.

En el bando socialista, y mira que me alegro de su victoria, cuentan como gran logro sus excelentes resultados en las dos comunidades más pobladas de España: Andalucía y Cataluña. En ambos territorios, especialmente en el último, la distancia a la que han logrado dejar a su principal adversario, el PP, ha sido clave para revalidar un segundo mandato para José Luis Rodríguez Zapatero. Otras victorias, como la cosechada en Aragón, han pasado mas inadvertidas por su pequeña repercusión en el cómputo global, pero asientan una idea central: a la hora de votar hay dos Españas.

La España productiva, la de la industria, la de la tecnología, vota PSOE. La España del ladrillo y los servicios vota PP. La España donde se incardinan, con mayor o menor intensidad, dos realidades terrritoriales como son el hecho de ser españoles y, a la vez, tener una conciencia regionalista o nacionalist, vota PSOE. La España que se rompe, que se tienta la ropa cada vez que se pone en mínima cuestión que nuestro país no es una unidad de destino en lo universal, vota PP. Los conservadores pueden exhibir como gran logro su triplete ganador: Madrid, Murcia y Valencia. Cito los datos de memoria, pero la ventaja popular obtenida por los populares en Levante es un escaño menor que la que, fíjate que cosas, consiguen los socialistas aragoneses en su tierra. La ventaja de tres escaños en Murcia y otros tres en Madrid palidece ante la arrolladora apisonadora del PSC en Cataluña, lo mismo que el histórico resultado de los socialistas vascos deja, literalmente, en la cuneta al PNV y al PP de Euskadi.

España no se termina en la Plaza Castilla, más allá de las grandes casas de la señorial calle Serrano madrileña hay vida inteligente. Yo, aragonés venido a Madrid donde estoy y estaré durante muchos años y donde se vive fenomenalmente, pienso una cosa: señores del PP, si pretenden volver al gobierno de mi país tienen que tener una cosa muy clara, tan españoles son sus fieles votantes de Madrid capital, los de Parla según dijo Curry Valenzuela en Telemadrid deben ser menos madrileños y menos españoles, como los que vivimos en ese agujero negro que para ustedes es todo lo que no es Madrid y las playas donde van a remojarse en verano.

P.D. Mariano Rajoy va a la suya, según parece. Ya tengo el título de mi próximo post “Sostenella y no enmendalla”

No nos merecemos esta derecha

2008, 9 marzo

Cuando estoy escribiendo estas líneas es la tarde del domingo 9 de marzo de 2008. Todavía no ha terminado la jornada electoral y no se sabe quien ha sido el vencedor en el las elecciones generales a las que todos los españoles estamos llamados. No se cual va a ser el resultado electoral, las sensaciones son unas y los sentimientos son otros. Me gustaría que ganase una opción de progreso, pero lo que veo a mi alrededor me dice otra cosa, que probablemente sea Mariano Rajoy nuestro nuevo presidente del gobierno. El tiempo lo dirá.

Los resultados de las urnas serán los que nosotros, como pueblo, determinemos con nuestros votos; sin embargo me siento muy descorazonado por una razón, no puedo ser de derechas. La derecha moderna, europea y civilizada que este país se merece no aparece por ninguna parte, no la veo en los titubeos de Rajoy, ni en las palabras fuera de tono de Martínez Pujalte, ni en las ansias totalitarias de Esperanza Aguirre, ni en ese aire de superioridad emanada de Dios Padre con la que se adornan muchos de los dirigentes del Partido Popular.


Los españoles, que hemos sufrido lo indecible como pueblo, no nos merecemos una derecha ultramontana y troglodita que pretende que yo, y miles de ciudadanos como yo, seamos personas de segunda clase y veamos mermados nuestros derechos civiles por nuestra opción sexual, que les recuerdo a estos señores que tanto creen en Dios, que no es un capricho, que venía en el lote. No nos merecemos una derecha que pretenda que quienes han venido a España a hacer los trabajos que los españoles no queremos hacer sean ciudadanos de segunda y, aunque que paguen los mismos impuestos, vean cercenado su inalienable derecho a acceder a los mismos servicios que los españoles y a vivir entre nosotros en igualdad de condiciones.

No nos merecemos una derecha que quiera imponer obligaciones y cercenar derechos a su capricho. No somos merecedores de una opción política que ponga en solfa todo el sistema democrático cada vez que los resultados no se ajustan a sus deseos. Ha costado mucho sufrimiento, y la sangre de muchos muertos, dotarnos de una democracia para que, según su capricho, los líderes de esta derecha carpetovetónica, sus satélites y sus voceros, se permitan la libertad de amenazarnos con resquebrajar los basamentos que, con tanto dolor y sacrificio, han sostenido hasta ahora la democracia española.

Somos todavía párvulos en la difícil asignatura de la convivencia democrática: necesitamos clases intensivas de repaso para poder afianzar en nuestra sociedad los valores del diálogo, el entendimiento y el respeto hacia el que es diferente. Es muy desalentador ver que uno de cada dos de mis conciudadanos, de los mismos con los que comparto las aceras de las calles, con los que convivo día a día, con aquellos que contribuyen conmigo al sostenimiento de mi país, pretendan que yo, con nombre y apellidos, tenga menos derechos civiles que los demás. Pretenden instaurar una sociedad egoísta en la que el que venga de fuera tenga claro que es un ser inferior, que desean que les gobiernen los del ordeno y mando y los de el esto es así. Que rijan los designios de la nación unos dirigentes políticos que son incapaces de la más mínima autocrítica, como si estuviesen inspirados por Dios. Me gustaría ser de derechas, pero no puedo.